Bueno, he llegado
a las cincuenta vueltas al sol. 50 veces
he pasado el 6 de agosto. ¡Ya 50!
Quisiera
empezar diciendo que nací de buenos padres.
Una mujer y un hombre buenos. Hicieron
lo mejor que pudieron. Que me dieron
una enseñanza que trataron de que se quedara en mí.
Mis primeros
años, no tan fáciles, un niño diferente a los demás. Un niño retraído, tímido al máximo, no sé por
qué. Mi abuela “mamá potita” contaba que
de muy pequeño me subía a las tarimas de las fiestas de mi Otavalito del alma,
y allí bailaba y disfrutaba. No se que
pasó, pero ese niño se quedó en algún lugar.
Mi memoria más antigua recuerdo estar recostado en la cama de mis abuelos,
con mi mano en la mejilla de mi abuelita.
Me sentía seguro, amado, cuidado.
Y aun cuando seguía siendo diferente crecía y aprendía.
Mi mamita
bella siempre trató de darme lo mejor, criado bajo la dureza de los castigos
físicos fue como recuerdo que fui creciendo.
No me quejo de eso, al contrario, sé que no entendía quién era y, por lo
tanto, era la forma de “corregir” al curioso, al que desarmaba las cosas, al
que debían tener cuidado cuando estaba callado porque era peligroso.
Delgado como
“una escalera de robar cocos”, así recuerdo que me llamaban. De piel oscura, de mente inquieta, queriendo
saber como funcionan las cosas, hábil con las matemáticas, pero lento para
memorizar. Mi mamita inventó canciones
para que pueda aprenderme las tablas de multiplicar. Profesores en la escuela que tampoco me
entendían y más de una vez usaron la violencia para que esté quieto.
Y así los
años pasaron. Varias vueltas al sol se
dieron. En la adolescencia, una época difícil,
donde mi timidez fue lo que gobernó lo que hacía. Donde los libros se convirtieron mi forma de seguir
aprendiendo y tratar de ser algo más. No
era guapo, al contrario, siempre me consideré feo. Jamás pensé que podría verme agradable para
alguien del sexo opuesto. Los más “bellos”
o “hábiles” tenían la atención de todos, con sus habilidades de juego, de
guitarra o de su “belleza” física siempre opacaban a quien se quedaba al final
de la fila o al último del salón. En ese
tiempo empecé a usar lo que aprendí para poder acercarme a la gente. Un tiempo me llamaron pequeño Larouse, ya que
casi de cualquier tema yo tenía una respuesta, historia, geografía, política, religión,
etc., siempre tenía algo que decir, algo había leído, algo sabía.
Algo que
recuerdo con cariño fue cuando tenia unos 15 o 16 años, mi tío trabajaba en una
radio en Otavalo, Radio Baha’i, allí uno de sus amigos hizo un programa los
sábados donde incluyo a jóvenes en la realización de este. Me permitieron ser parte de ese grupo, como siempre
los “lindos” atraparon el micrófono, y fueron las estrellas. Pero, poco a poco, empecé a hablar, a dar mi opinión
sobre temas complejos, sobre cosas que nadie se atrevía a opinar ya sea porque
no quería decir nada o porque no podían decir algo ya que desconocían del tema. Allí es donde el micrófono me permitió
mostrar lo que sabía, lo que era, y me gustó.
Al fin la gente me veía o mejor dicho me escuchaba y mi voz tuvo fuerza.
El tiempo
pasó y por diferentes motivos, mi familia, mi grupo, los más cercanos a mi se
fueron. Mis padres migraron a Estados
Unidos, mis hermanos fuera de Cuenca y yo me quedé solo.
Noches
largas, oscuras, en menos de tres meses de estar rodeado de la gente que amaba,
la soledad fue mi compañía. Ese tiempo
fue cuando las cosas dejaron de tener sentido, por más de una vez levanté mi
rostro al cielo y reclamé a dios, si es que existía, ¿por qué tenía que pasarme
eso a mí?, mi último año de colegio, mis amigos y mi novia se volvieron lo que
tenía. No fue fácil, traté de acoplarme a lo que luego
se volvería un factor común en lo que llamaría mi vida. La soledad, a veces sin nadie alrededor y a
veces sentir soledad rodeado de mucha gente.
Mi mami me
apoyo para terminar la universidad y poder valerme por mi mismo, mi padre siguió
su vida, entiendo que él vio por sus prioridades, entiendo y comprendo que no
fue fácil para él. Sus decisiones son
las que él tomó y si bien no tengo ningún sentimiento negativo hacia él,
tampoco tengo ninguno positivo. Lo que
tengo son recuerdos de sus enseñanzas y un agradecimiento enorme por permitirme
nacer. Espero que esté bien, que en su
vida tenga lo que el anhela.
Mi mami,
fue mi refugio muchas veces, quien me oyó, quien me jaló las orejas cuando
debía hacerlo. Quien trató de
aconsejarme cuando cometía mis errores.
En mi vida,
he visto la maravilla de nacer y he visto la muerte. He visto cuando la gente que amo logra sus
éxitos y cuando la muerte se ha llevado a aquellos que tocaron mi vida, tanto
adultos como bebes.
Mis errores,
muchísimos, mis debilidades demasiadas.
Mis pequeños quienes me han permitido crecer como padre, entender que
ellos son lo más importante de mi vida.
Toda historia tiene dos partes, y muchas veces mi parte no la cuento, ¿para
qué? Al final muchas veces han oído la
otra mitad y creen que es todo. Y está
bien, la gente tiene derecho a creer lo que considere.
Mis errores
han tenido una factura que he pagado por mucho tiempo, que he cargado conmigo
por todos estos años. Pero creo que ya
lo he pagado. No creo deber ya nada a
nadie. Creo que a todos los que de una u
otra forma lastimé, herí o hice sentir mal han cobrado con intereses mi
deuda.
Hace unos
años, alguien que empecé a conocer me dijo “no sé porque alguien puede hacerle
daño a una persona tan linda”. Solo me
quedé mirando sus ojos y no supe que responderle. Los años han pasado y creo que esa persona
pudo aprender como se me puede hacer daño y no solo entendió, sino que también lo
hizo.
He usado
muchas máscaras en mi vida y no por ocultar quien soy o usarlas para engañar a
la gente, no, las he usado para que no vean como me siento, la tristeza que me
aplasta, el dolor que tengo y que no puedo demostrarlo. Mostar que todo está bien. Desde muy joven aprendí que la gente decide en
su vida y que mas de una vez me ha tocado decir “esta bien, no te preocupes, yo
entiendo”. Aun cuando eso me lastime o
me haga daño, al final, solo he querido que la gente esté bien aun cuando eso
signifique que yo no lo esté o que yo asuma el dolor que les hubiera tocado.
Hoy he
llegado a mis cincuenta años. Cambiaría
algo de estos cincuenta años, no, nada. ¿Tomaría
otras decisiones que tal vez me lleven por otro camino si pudiera volver el tiempo?
No. Todo lo que he vivido me ha traído hasta
aquí. A tener lo que tengo. A vivir las experiencias que he vivido. A tener a mis pequeños cerca y a sentir su
amor. A tener gente maravillosa en mi
vida.
Hay gente
que se ha ido, gente que decidió alejarse, que, a pesar de dar color a mi vida,
de un día a otro decidió borrarme por completo.
Otras, que a
pesar de los años y de los daños o las heridas que les hice, siguen a mi lado,
siguen apoyándome, siguen dándome fuerza, siguen aquí. Siguen tratando de que me levante cada día,
que su cariño sigue intacto. Y solo verlas,
leerlas o sentirlas cerca alegra mis días.
Cuando nacemos
se nos entrega un cuaderno de hojas vacías, al principio las gastamos sin tener
en cuenta lo que escribimos. Mientras
más pasa el tiempo las hojas en blanco se van usando, escribimos y vamos rayándolas
con momentos alegres otros tristes, unos que dan miedo y otros que nos elevan
hasta el cielo. Y así las hojas van escribiéndose,
algunas están manchadas con vestigios de lagrimas que brotaron alguna vez,
otras llevan el olor de personas que no se han ido, olores impregnados en
genios que van conmigo. Unas grabadas
con momentos de despedidas. Y otras con
personas que llegaron y dejaron una huella única que no se olvida. He gastado las tres cuartas partes de mi
cuaderno. Ahora ya tengo cuidado con lo
que escribo. Soy más cuidadoso con lo
que voy colocando allí. Cada vez las
hojas se van acabando. Ahora escribiré
lo que valga la pena, aquellas que pinten cosas que permitan que aprenda a
dejar que el amor prevaleza, que me den color a este mundo en blanco y
negro.
¿La
felicidad está en el pasado?, a veces parece que sí, con la nostalgia de
aquellos que ya no están. Cada
cumpleaños cuando las sillas van quedándose vacías, unas porque la vida se los
lleva y otros porque han decidido no estar ya que sé que todo es cuestión de
prioridades y entiendo que no lo soy.
¿La felicidad
está en el futuro?, en lo que vendrá, en lo que queremos que llegue pero que aun
no está con nosotros, pensamos que seremos felices cuando lleguemos allá, pero
se difumina también.
¿La
felicidad está aquí?, si… pero la felicidad no será completa, siempre tendrá algo
que falte, alguien que falte. Como un psicólogo
analista argentino enseñó, es la faltacidad.
Una felicidad en la falta.
Este cuerpo
ya empieza a fallar, ya no es el mismo, ya mi mente también está cansada, ya mi
alma está cansada. Mis manos ya no
funcionan igual, mis dedos duelen, escribir duele. Duele no solo el hecho de mover los dedos,
sino el hecho de contar quien soy, el presentarme vulnerable a lo que
escriba. A que muchos que conocen quien
soy, tal vez se sorprendan de lo que cuento o como siempre, solo sepan el un lado
de la historia, porque jamás he querido contar el mío, y crean que soy el peor monstruo
de la historia.
Pero si,
esto soy.
Una de las películas
de Disney que la vi cuando era niño era su versión del Jorobado de Notre Dame. Cuasimodo, un ser horripilante, un ser que
estaba oculto en la torre de la iglesia y que sus amigos eran esculturas de
piedra. Un ser que a pesar de hacer lo mejor
que podía, a pesar de equivocarse, siempre quiso lo mejor para aquellos que lo
rodeaban y a quien él amaba. Y al final
él sabía que estaría solo.
En la
Princesa y el Sapo, uno de los personajes secundarios se llama Ray, esta luciérnaga
que no tiene ninguna gracia física, se vuelve vital para que puedan encontrar
lo que buscan tanto Tiana y Naveen. En
una de las escenas Ray mira hacia el cielo y ve una estrella, él empieza a
hablarle, allí en el medio de la noche, en el frio, en la soledad que Ray
pudiera tener, estaba ella, su Evangeline, y le dijo cuanto la amaba, para él,
Evangeline era todo, aún cuando no estaba cerca, el hablaba con ella y le decía
lo que significaba para él. Ella daba
color a su vida, pero estaba lejos. Y
aun cuando Naveen en un momento trata de decirle que es una estrella, Tiana lo
detiene, ya que aun cuando es imposible para Ray es todo lo que tiene. Y si, es imposible, pero es lo que da color a
la vida en un mundo en blanco y negro.
Hace tiempo
conversaba y decía, la vida está compuesta de dos tipos de seres, unos son los
ángeles, que viven entre ellos y la felicidad es más cercana. Seres que tienen todo lo que han buscado, y
que sus hijos, padres, compañeros o compañeras, siempre están cerca y se
aman. Seres que pueden sentir el amor de
manera completa y permanente.
Pero hay
otros, que, como Cuasimodo, dan todo para que esos angelitos, puedan ser
felices, algunas veces tienen la suerte de tener un ángel cerca, un ángel que
es diferente a ellos, que sabe que se irá, porque los ángeles y los monstruos
no están destinados para compartir todo el tiempo. Los monstruos son monstruos. Los monstruos no están a la altura de los ángeles,
no podemos llegar al cielo, no somos lo que esperan los ángeles, no tenemos sus
habilidades, no podemos cumplir las cosas como ellos, no tenemos esas destrezas
y habilidades, no podemos hacerlo. Si
bien están cerca, jamás cumplimos sus expectativas.
Y ahora
estoy aquí, aprendí que los monstruos no tenemos finales felices. Damos, hacemos, nos esforzamos, pero cada uno
tiene su naturaleza, su forma de ser y su destino.
Ahora, mi
cuaderno se está quedando sin hojas. Y ya
no quiero desperdiciar las hojas que me quedan.
Espero que se queden para escribir junto a mí, aquellas personas que
quieran quedarse. Que regresen las
personas que quieran regresar, no estoy enojado y en mi corazón no hay espacio
para el rencor. A mis cincuenta años
hay cosas que soy y que tengo, si no soy suficiente o no lleno las expectativas
no me enojo si deciden irse, los extrañaré, pero entiendo que no soy lo
suficiente y tampoco puedo retenerlas a mi lado, al final todos deben buscar
vivir sus propias experiencias y buscar esa felicidad que todos queremos, esa
faltacidad que esperamos abrazar.
Esta es mi
vida, la de un monstruo diferente, que ya ha dado cincuenta vueltas al sol y
que sabe que los monstruos no tienen finales felices.
En las páginas
que me quedan, que no son muchas, prometo a aquellas personas que decidan
quedarse, que me esforzaré por darles experiencias en donde podamos aprender a
dejar que el amor prevalezca, a apoyarles, a darles mi amor, mi paciencia, a
entenderlas.
Esta es mi
historia, falta mucho, faltan muchas personas, faltan gente y eventos únicos
que marcaron mi vida, hechos que me hicieron saber que tengo un Padre en los Cielos
que se preocupa de este monstruo que fue su creación y que ya me dio la forma de
regresar a casa y más que todo, me acepta como soy.
Recientemente
escuche un canto hebreo, que fue dicho en la Ultima Cena, ya que era una
tradición judía recitarlo en el Pesaj (pascua), este canto se llama “Dayenu”. Es hermosa si pueden leerla tiene un significado
especial. He decidido terminar mi
historia con una adaptación mía de ese canto.
Si me dabas tu amor y no dabas color a
mi vida, habría sido suficiente.
Si dabas color a mi vida y no cuidabas de mí,
habría sido suficiente.
Si cuidabas de mi y no me enseñabas la forma amarme,
habría sido suficiente.
Si me enseñabas a amarme y no cuidabas de mis
manos, habría sido suficiente.
Si cuidabas mis manos y no me dejabas
acurrucarme en ti, habría sido suficiente.
Si me dejabas acurrucarme en ti y no alegrabas
mis días, habría sido suficiente.
Pero eres todo, y seguirás siendo todo.
Esta es mi
historia y no la cuento para que tengan lastima, pena o nostalgia. Al contrario, es la forma más honesta de
empezar a escribir las últimas páginas que me quedan, aquellas que aún están en
blanco.
Badí