martes, 5 de agosto de 2025

Feliz cumpleaños a mi.

 



Bueno, he llegado a las cincuenta vueltas al sol.  50 veces he pasado el 6 de agosto.   ¡Ya 50! 

Quisiera empezar diciendo que nací de buenos padres.  Una mujer y un hombre buenos.  Hicieron lo mejor que pudieron.   Que me dieron una enseñanza que trataron de que se quedara en mí.

Mis primeros años, no tan fáciles, un niño diferente a los demás.  Un niño retraído, tímido al máximo, no sé por qué.  Mi abuela “mamá potita” contaba que de muy pequeño me subía a las tarimas de las fiestas de mi Otavalito del alma, y allí bailaba y disfrutaba.  No se que pasó, pero ese niño se quedó en algún lugar.  Mi memoria más antigua recuerdo estar recostado en la cama de mis abuelos, con mi mano en la mejilla de mi abuelita.  Me sentía seguro, amado, cuidado.  Y aun cuando seguía siendo diferente crecía y aprendía. 

Mi mamita bella siempre trató de darme lo mejor, criado bajo la dureza de los castigos físicos fue como recuerdo que fui creciendo.  No me quejo de eso, al contrario, sé que no entendía quién era y, por lo tanto, era la forma de “corregir” al curioso, al que desarmaba las cosas, al que debían tener cuidado cuando estaba callado porque era peligroso.

Delgado como “una escalera de robar cocos”, así recuerdo que me llamaban.  De piel oscura, de mente inquieta, queriendo saber como funcionan las cosas, hábil con las matemáticas, pero lento para memorizar.  Mi mamita inventó canciones para que pueda aprenderme las tablas de multiplicar.  Profesores en la escuela que tampoco me entendían y más de una vez usaron la violencia para que esté quieto. 

Y así los años pasaron.  Varias vueltas al sol se dieron.  En la adolescencia, una época difícil, donde mi timidez fue lo que gobernó lo que hacía.  Donde los libros se convirtieron mi forma de seguir aprendiendo y tratar de ser algo más.  No era guapo, al contrario, siempre me consideré feo.  Jamás pensé que podría verme agradable para alguien del sexo opuesto.  Los más “bellos” o “hábiles” tenían la atención de todos, con sus habilidades de juego, de guitarra o de su “belleza” física siempre opacaban a quien se quedaba al final de la fila o al último del salón.  En ese tiempo empecé a usar lo que aprendí para poder acercarme a la gente.  Un tiempo me llamaron pequeño Larouse, ya que casi de cualquier tema yo tenía una respuesta, historia, geografía, política, religión, etc., siempre tenía algo que decir, algo había leído, algo sabía. 

Algo que recuerdo con cariño fue cuando tenia unos 15 o 16 años, mi tío trabajaba en una radio en Otavalo, Radio Baha’i, allí uno de sus amigos hizo un programa los sábados donde incluyo a jóvenes en la realización de este.  Me permitieron ser parte de ese grupo, como siempre los “lindos” atraparon el micrófono, y fueron las estrellas.  Pero, poco a poco, empecé a hablar, a dar mi opinión sobre temas complejos, sobre cosas que nadie se atrevía a opinar ya sea porque no quería decir nada o porque no podían decir algo ya que desconocían del tema.  Allí es donde el micrófono me permitió mostrar lo que sabía, lo que era, y me gustó.   Al fin la gente me veía o mejor dicho me escuchaba y mi voz tuvo fuerza. 

El tiempo pasó y por diferentes motivos, mi familia, mi grupo, los más cercanos a mi se fueron.  Mis padres migraron a Estados Unidos, mis hermanos fuera de Cuenca y yo me quedé solo.

Noches largas, oscuras, en menos de tres meses de estar rodeado de la gente que amaba, la soledad fue mi compañía.  Ese tiempo fue cuando las cosas dejaron de tener sentido, por más de una vez levanté mi rostro al cielo y reclamé a dios, si es que existía, ¿por qué tenía que pasarme eso a mí?, mi último año de colegio, mis amigos y mi novia se volvieron lo que tenía.   No fue fácil, traté de acoplarme a lo que luego se volvería un factor común en lo que llamaría mi vida.  La soledad, a veces sin nadie alrededor y a veces sentir soledad rodeado de mucha gente.

Mi mami me apoyo para terminar la universidad y poder valerme por mi mismo, mi padre siguió su vida, entiendo que él vio por sus prioridades, entiendo y comprendo que no fue fácil para él.  Sus decisiones son las que él tomó y si bien no tengo ningún sentimiento negativo hacia él, tampoco tengo ninguno positivo.  Lo que tengo son recuerdos de sus enseñanzas y un agradecimiento enorme por permitirme nacer.  Espero que esté bien, que en su vida tenga lo que el anhela. 

Mi mami, fue mi refugio muchas veces, quien me oyó, quien me jaló las orejas cuando debía hacerlo.  Quien trató de aconsejarme cuando cometía mis errores.

En mi vida, he visto la maravilla de nacer y he visto la muerte.  He visto cuando la gente que amo logra sus éxitos y cuando la muerte se ha llevado a aquellos que tocaron mi vida, tanto adultos como bebes.

Mis errores, muchísimos, mis debilidades demasiadas.  Mis pequeños quienes me han permitido crecer como padre, entender que ellos son lo más importante de mi vida.  Toda historia tiene dos partes, y muchas veces mi parte no la cuento, ¿para qué?  Al final muchas veces han oído la otra mitad y creen que es todo.  Y está bien, la gente tiene derecho a creer lo que considere.

Mis errores han tenido una factura que he pagado por mucho tiempo, que he cargado conmigo por todos estos años.   Pero creo que ya lo he pagado.  No creo deber ya nada a nadie.  Creo que a todos los que de una u otra forma lastimé, herí o hice sentir mal han cobrado con intereses mi deuda. 

Hace unos años, alguien que empecé a conocer me dijo “no sé porque alguien puede hacerle daño a una persona tan linda”.   Solo me quedé mirando sus ojos y no supe que responderle.  Los años han pasado y creo que esa persona pudo aprender como se me puede hacer daño y no solo entendió, sino que también lo hizo.  

He usado muchas máscaras en mi vida y no por ocultar quien soy o usarlas para engañar a la gente, no, las he usado para que no vean como me siento, la tristeza que me aplasta, el dolor que tengo y que no puedo demostrarlo.  Mostar que todo está bien.  Desde muy joven aprendí que la gente decide en su vida y que mas de una vez me ha tocado decir “esta bien, no te preocupes, yo entiendo”.  Aun cuando eso me lastime o me haga daño, al final, solo he querido que la gente esté bien aun cuando eso signifique que yo no lo esté o que yo asuma el dolor que les hubiera tocado.

Hoy he llegado a mis cincuenta años.  Cambiaría algo de estos cincuenta años, no, nada.  ¿Tomaría otras decisiones que tal vez me lleven por otro camino si pudiera volver el tiempo? No.  Todo lo que he vivido me ha traído hasta aquí.  A tener lo que tengo.  A vivir las experiencias que he vivido.  A tener a mis pequeños cerca y a sentir su amor.  A tener gente maravillosa en mi vida. 

Hay gente que se ha ido, gente que decidió alejarse, que, a pesar de dar color a mi vida, de un día a otro decidió borrarme por completo.

Otras, que a pesar de los años y de los daños o las heridas que les hice, siguen a mi lado, siguen apoyándome, siguen dándome fuerza, siguen aquí.   Siguen tratando de que me levante cada día, que su cariño sigue intacto.  Y solo verlas, leerlas o sentirlas cerca alegra mis días.

Cuando nacemos se nos entrega un cuaderno de hojas vacías, al principio las gastamos sin tener en cuenta lo que escribimos.  Mientras más pasa el tiempo las hojas en blanco se van usando, escribimos y vamos rayándolas con momentos alegres otros tristes, unos que dan miedo y otros que nos elevan hasta el cielo.  Y así las hojas van escribiéndose, algunas están manchadas con vestigios de lagrimas que brotaron alguna vez, otras llevan el olor de personas que no se han ido, olores impregnados en genios que van conmigo.  Unas grabadas con momentos de despedidas.  Y otras con personas que llegaron y dejaron una huella única que no se olvida.   He gastado las tres cuartas partes de mi cuaderno.  Ahora ya tengo cuidado con lo que escribo.  Soy más cuidadoso con lo que voy colocando allí.  Cada vez las hojas se van acabando.  Ahora escribiré lo que valga la pena, aquellas que pinten cosas que permitan que aprenda a dejar que el amor prevaleza, que me den color a este mundo en blanco y negro.  

¿La felicidad está en el pasado?, a veces parece que sí, con la nostalgia de aquellos que ya no están.  Cada cumpleaños cuando las sillas van quedándose vacías, unas porque la vida se los lleva y otros porque han decidido no estar ya que sé que todo es cuestión de prioridades y entiendo que no lo soy.

¿La felicidad está en el futuro?, en lo que vendrá, en lo que queremos que llegue pero que aun no está con nosotros, pensamos que seremos felices cuando lleguemos allá, pero se difumina también.

¿La felicidad está aquí?, si… pero la felicidad no será completa, siempre tendrá algo que falte, alguien que falte.   Como un psicólogo analista argentino enseñó, es la faltacidad.  Una felicidad en la falta.

Este cuerpo ya empieza a fallar, ya no es el mismo, ya mi mente también está cansada, ya mi alma está cansada.  Mis manos ya no funcionan igual, mis dedos duelen, escribir duele.   Duele no solo el hecho de mover los dedos, sino el hecho de contar quien soy, el presentarme vulnerable a lo que escriba.  A que muchos que conocen quien soy, tal vez se sorprendan de lo que cuento o como siempre, solo sepan el un lado de la historia, porque jamás he querido contar el mío, y crean que soy el peor monstruo de la historia. 

Pero si, esto soy.  

Una de las películas de Disney que la vi cuando era niño era su versión del Jorobado de Notre Dame.  Cuasimodo, un ser horripilante, un ser que estaba oculto en la torre de la iglesia y que sus amigos eran esculturas de piedra.  Un ser que a pesar de hacer lo mejor que podía, a pesar de equivocarse, siempre quiso lo mejor para aquellos que lo rodeaban y a quien él amaba.  Y al final él sabía que estaría solo.

En la Princesa y el Sapo, uno de los personajes secundarios se llama Ray, esta luciérnaga que no tiene ninguna gracia física, se vuelve vital para que puedan encontrar lo que buscan tanto Tiana y Naveen.  En una de las escenas Ray mira hacia el cielo y ve una estrella, él empieza a hablarle, allí en el medio de la noche, en el frio, en la soledad que Ray pudiera tener, estaba ella, su Evangeline, y le dijo cuanto la amaba, para él, Evangeline era todo, aún cuando no estaba cerca, el hablaba con ella y le decía lo que significaba para él.  Ella daba color a su vida, pero estaba lejos.  Y aun cuando Naveen en un momento trata de decirle que es una estrella, Tiana lo detiene, ya que aun cuando es imposible para Ray es todo lo que tiene.  Y si, es imposible, pero es lo que da color a la vida en un mundo en blanco y negro.

Hace tiempo conversaba y decía, la vida está compuesta de dos tipos de seres, unos son los ángeles, que viven entre ellos y la felicidad es más cercana.  Seres que tienen todo lo que han buscado, y que sus hijos, padres, compañeros o compañeras, siempre están cerca y se aman.  Seres que pueden sentir el amor de manera completa y permanente. 

Pero hay otros, que, como Cuasimodo, dan todo para que esos angelitos, puedan ser felices, algunas veces tienen la suerte de tener un ángel cerca, un ángel que es diferente a ellos, que sabe que se irá, porque los ángeles y los monstruos no están destinados para compartir todo el tiempo.  Los monstruos son monstruos.  Los monstruos no están a la altura de los ángeles, no podemos llegar al cielo, no somos lo que esperan los ángeles, no tenemos sus habilidades, no podemos cumplir las cosas como ellos, no tenemos esas destrezas y habilidades, no podemos hacerlo.  Si bien están cerca, jamás cumplimos sus expectativas.

Y ahora estoy aquí, aprendí que los monstruos no tenemos finales felices.  Damos, hacemos, nos esforzamos, pero cada uno tiene su naturaleza, su forma de ser y su destino.

Ahora, mi cuaderno se está quedando sin hojas.  Y ya no quiero desperdiciar las hojas que me quedan.  Espero que se queden para escribir junto a mí, aquellas personas que quieran quedarse.  Que regresen las personas que quieran regresar, no estoy enojado y en mi corazón no hay espacio para el rencor.   A mis cincuenta años hay cosas que soy y que tengo, si no soy suficiente o no lleno las expectativas no me enojo si deciden irse, los extrañaré, pero entiendo que no soy lo suficiente y tampoco puedo retenerlas a mi lado, al final todos deben buscar vivir sus propias experiencias y buscar esa felicidad que todos queremos, esa faltacidad que esperamos abrazar.

Esta es mi vida, la de un monstruo diferente, que ya ha dado cincuenta vueltas al sol y que sabe que los monstruos no tienen finales felices. 

En las páginas que me quedan, que no son muchas, prometo a aquellas personas que decidan quedarse, que me esforzaré por darles experiencias en donde podamos aprender a dejar que el amor prevalezca, a apoyarles, a darles mi amor, mi paciencia, a entenderlas.

Esta es mi historia, falta mucho, faltan muchas personas, faltan gente y eventos únicos que marcaron mi vida, hechos que me hicieron saber que tengo un Padre en los Cielos que se preocupa de este monstruo que fue su creación y que ya me dio la forma de regresar a casa y más que todo, me acepta como soy. 

Recientemente escuche un canto hebreo, que fue dicho en la Ultima Cena, ya que era una tradición judía recitarlo en el Pesaj (pascua), este canto se llama “Dayenu”.  Es hermosa si pueden leerla tiene un significado especial.  He decidido terminar mi historia con una adaptación mía de ese canto.

Si me dabas tu amor y no dabas color a mi vida, habría sido suficiente.

Si dabas color a mi vida y no cuidabas de mí, habría sido suficiente.

Si cuidabas de mi y no me enseñabas la forma amarme, habría sido suficiente.

Si me enseñabas a amarme y no cuidabas de mis manos, habría sido suficiente.

Si cuidabas mis manos y no me dejabas acurrucarme en ti, habría sido suficiente.

Si me dejabas acurrucarme en ti y no alegrabas mis días, habría sido suficiente.

Pero eres todo, y seguirás siendo todo.

 

Esta es mi historia y no la cuento para que tengan lastima, pena o nostalgia.  Al contrario, es la forma más honesta de empezar a escribir las últimas páginas que me quedan, aquellas que aún están en blanco.

Badí